Crítica de Nymphomaniac vol. 1 y 2

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He tenido la oportunidad de ver el último trabajo de Lars Von Trier dentro del marco de programación del Riviera Maya Film Festival, donde he trabajado como coordinadora de prensa. En el festival, se ha proyectado la polémica cinta del director danés dividida en dos volúmenes, tal y como se ha distribuido en el resto del mundo por motivos de marketing. Nymphomaniac vol. 1 y 2 (2013) es la versión cortada y censurada bajo el consentimiento pero no participación de Lars Von Trier, defensor de la cinta original de cinco horas y media de duración presentada en la última edición de la Berlinale en febrero.

Como no he podido ver el corte original, hablaré de este otro corte más “comercial” divido en dos partes claramente diferenciadas. En el vol. 1, Joe (y en su versión más joven ) se encuentra tumbada y herida en el suelo, en un callejón oscuro de una ciudad indeterminada hasta que un hombre la encuentra y la lleva a su casa para cuidarla. Una vez allí, Joe le habla sin un aparente hilo conductor de los primeros años en que empezó a descubrir su sexualidad. Quien le escucha es Seligman (), un hombre solitario de vida austera que trata de convencer a Joe de que no es una mala persona, aportando naturalidad a sus historias sexuales mientras las compara con la práctica de una de sus grandes pasiones: la pesca.

A través de estos flashback, empezamos a conocer la historia de Joe, su familia y su forma de entender el sexo, muy alejada de la que tenemos la mayoría de los mortales. Se trata de la búsqueda, de carácter físico y egoista, de un placer que nunca se sacia, encontrando así una frustración continua y sin fin. Al principio, Joe tiene cómplices que le acompañan en este descubrimiento del cuerpo y del sexo. Se trata de otras mujeres que, como ella, no creen en el amor sino en su propio placer, y que entre sus reglas se encuentra el no acostarse más de una vez con la misma persona.

Sin embargo, este círculo empieza a desmoronarse cuando las chicas que lo conforman poco a poco empiezan a tener pareja, e incluso su principal compañera de conquistas (mítica la escena de la felación en el tren y del sexo en los lavabos) le confiesa un pensamiento: “el ingrediente secreto del sexo es el amor”.

Joe se aprovecha de su belleza y atractivo natural para conseguir sus propios intereses, sin importar las vidas que pueda destrozar con sus actos, como es el caso de Mrs. H (). Finalmente consigue compaginar su trabajo con una apretada agenda de encuentros puramente sexuales con hombres que esperan pacientemente su turno para pasar por su cama.

Pero ni si quiera la Joe más salvaje puede escapar de las garras del amor y acaba enamorándose de uno de sus antiguos amantes: Jerôme (). Por supuesto, no es un amor inmediato y ni mucho menos fácil. Más bien se trata de una obsesión que nace primero en Jerôme y más tarde en Joe. Una obsesión amorosa que los lleva a la insatisfacción, la infelicidad y el dolor físico y emocional.

Todo esto ocurre durante la primera cinta. En la segunda, la Joe del presente continúa relatando su vida a través de sus experiencias sexuales en casa de Seligman, con quien parece estar cosechando una amistad real. Los flashbacks, en los que aparece el personaje de una Joe más madura pero cuya obsesión por el sexo no ha hecho otra cosa más que incrementar, ya aparecen representados por Gainsbourg. A pesar de vivir en pareja y de parecer que finalmente había encontrado la felicidad con Jerôme, éste es incapaz de saciar su sed, de “alimentar al tigre” como él mismo declara, y Joe empieza a tener encuentros sexuales con otros hombres. Su necesidad por experimentar nuevos placeres sexuales, o más bien volver a sentir sensibilidad en su sexo, algo que pierde durante su relación con Jerôme, le obliga a experimentar con nuevos encuentros y a incluir el dolor y maltrato físico como parte de la satisfacción sexual.

Esta adicción hace que descuide sus obligaciones como madre y que finalmente su vida acabe, más que nunca, girando en torno al sexo. Pero para Joe ella no es una adicta, es una ninfómana, y aunque se considere una mala persona, no piensa que realmente tenga un problema.

El final de la cinta es puro Von Trier, una escena definitiva que aunque la pudieras haber previsto, cuando sucede tu cuerpo se retuerce.

Se ha hablado mucho de esta película y de sus escenas de sexo explícito que bien podrían clasificarse como pornográficas. Pero la diferencia está en que Von Trier consigue mostrar algo tan morboso como el sexo de una manera fría, distanciada y carente de sensualidad. Se trata de una muestra visual que entiende el sexo como una patología, algo que llega a desagradar al espectador más allá de probocarle los instintos. Solo un director como Von Trier es capaz de poner en pantalla a una actriz tan sensual como Stacy Martin y que su cuerpo desnudo no despierte deseo al espectador.

Y es que el director danés es un experto en tratar temas complicados, desagradables, y hacerlos protagonistas de sus cintas encontrando en Charlotte Gainsbourg su musa predilecta (protagoniza Melancolía, Anticristo y ahora Nymphomaniac). Von Trier ha sabido crear un sello propio usando la polémica como arma fundamental, y además de ser un artista loco y atormentado, ha demostrado ser un genio del marketing.

Si me preguntan si toda la expectación generada en torno a la cinta está justificada, mi respuesta a grandes rasgos sería que sí. Si bien es cierto que esta película no me ha impactado tanto como otras del director (véase Melancolía, Bailar en la oscuridad o Dogville), Von Trier ha sabido aprovechar y usar un tema siempre polémico como es el sexo para hacer una gran campaña de marketing. Sexo explícito, sexo despersonalizado, sexo sin erotismo, sexo como patología. Todos estos conceptos junto al constante empeño del director de mostrar las faltas y horrores del género humano hacen de Nymphomaniac una continuación lógica, poco rompedora pero interesante, del trabajo de este cineasta al que es imposible mirar con ojos indiferentes.

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