“La mujer del animal”: dramatismo crudo y real de la violencia de género

Fotofija pelicula La mujer del animal

El viernes llega a nuestros cines una película dura, muy dura… Tan dura que estremece pensar que esté basada en hechos reales. Hablo de La mujer del animal, la nueva película del director colombiano Víctor Gaviria que después de más de diez años regresa a la gran pantalla, distribuida por Cinemaran. Su última película fue Sumas y restas (2005), desde entonces ha estado cociendo a fuego lento esta obra desgarradora que no es otra cosa que un retrato crudo y real de la violencia de género.

Como es habitual en el trabajo de Gaviria (conocido mundialmente por La vendedora de rosas), los actores de la película no son profesionales sino “actores naturales” (no profesionales). Este realismo, cercano al género documental, nos embriaga y nos sacude por partes iguales.

La mujer del animal es la historia de Amparo (Margarita Gómez), quien huye por miedo a su padre del internado de monjas para niñas pobres en el que vive. Tras su huida, se reúne con su hermana en un barrio marginal de Medellín donde conoce al primo de su cuñado, Libardo, más conocido como Animal. Desde ese momento él decide que Amparo va a convertirse en su mujer, la droga con burundanga para raptarla y comenzar un largo cautiverio basado en violaciones constantes físicas y emocionales. La violencia de la película no es gratuita, se podría decir que está incluso contenida, pero nos cala y nos golpea en lo más hondo.

Como comentaba Gaviria en estos días de promoción de la película, en la cual he tenido el placer de trabajar desde Flamingo, durante el rodaje se pudo comprobar que este hecho no es aislado, sino que existen muchos “animales” a lo largo de todo el país (en este caso Colombia, pero maltratadores y feminicidas hay en todo el mundo). “Este maltrato constante, esta violencia injustificada, existe en todos los estratos sociales, solo hay que rascar un poco para comprobar que alguien de la familia, el papá, el abuelo, el hermano, el marido… era un animal”, así lo contaba el director y es que durante el rodaje, muchas de las extras se ponían a llorar de la emoción, del dolor contenido durante años, al darse después de grabar una escena de que ellas también eran Amparo de alguna manera, que el Animal también estaba en su familia.

Muy duro, pero más duro fue para esta mujer, al igual que muchas otras en situaciones de maltrato extremo, comprobar que nadie le ayudó, que todo el mundo le dio la espalda e hizo oídos sordos a una situación que era sabido por todos en el barrio. Se puede culpar a la época (La mujer del animal está ambientado en los años 70), y la falta de ley en un territorio totalmente marginal, pero lo cierto es que hoy en día ese “pacto masculino” del que hablaba Gaviria al referirse al por qué todavía hoy la violencia de género muchas veces se toma como un tema menor, todavía existe. El pensamiento masculino (y también de muchas mujeres machistas) de que si a una mujer su marido le había pegado sería porque algo habría hecho… Ese pensamiento es el que realmente mata, porque es el que hace que perdure una situación tan primaria como inhumana.

No es una película fácil de ver, ya lo avisaba desde un principio, pero sí es una película necesaria. Retratar y denunciar la violencia de género nunca sobra, y menos aún si se hace través de la manera de entender el cine que tiene Víctor Gaviria, un director que encuentra la poesía los ojos de la personas que viven en los lugares más pobres.

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